Page 5 - la leyenda de las calaveras de cristal
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A la hora convenida, se presentó Tepiltzin. Iba
ataviado como Tonahuac le había indicado. Al verle, el
Maestro asintió con la cabeza en señal de aprobación. Todo
estaba escrupulosamente preparado para la ocasión.
Tonahuac se levantó y con sumo cuidado abrió las tres
troneras que la habitación tenía en su techo para que el
influjo de la luna penetrara en la sala sin ninguna
interferencia. El Maestro respiró hondo y cerró los ojos
como si comenzara a estar en trance. El futuro ‘yuum k’iin’
no se atrevía a apartar la vista de él ni por un sólo instante.
El Maestro sacó dos jicaritas y un pequeño recipiente
que contenía la bebida sagrada maya por excelencia, el
balché. Con gran naturalidad, Tonahuac llenó por primera
vez las jicaritas con un líquido de ligera tonalidad rosada y
de un fuerte olor a miel.
—La bebida sagrada nos ayudará a abrir nuestras
mentes y purificará nuestros espíritus, como lo ha venido
haciendo siglo tras siglo —comenzó diciendo Tonahuac.
—Que los dioses nos concedan el don de que nuestros
ojos sepan ver allí donde otros sólo son capaces de percibir
la oscuridad —contestó Tepiltzin llevándose la bebida a los
labios en un gesto que emulaba por completo al realizado
por Tonahuac.
El Maestro dejó la jicarita vacía sobre la mesa y
levantó las dos manos hacia el cielo. Extendió sus brazos y
encaró las palmas de las manos en dirección a la luna.

