Page 9 - la leyenda de las calaveras de cristal
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—Tengo la impresión Eminencia de que de pequeño
erais un niño muy travieso —dijo ella colocándose
premeditadamente de costado para que él pudiera apreciar
a la perfección el contorno de sus senos.
—Te aseguro que sigo siéndolo —dijo él acercándose
y pasando repetidas veces, la yema de su dedo índice sobre
la aureola del pezón izquierdo de Olga, en un perfecto
movimiento circular y concéntrico.
Ella ni se inmutó. No hizo ningún gesto de aprobación
ni de rechazo. Su táctica consistía en derrumbar poco a poco
el recelo y la reticencia del cardenal. Sus ojos le miraron
entonces, fijamente y de igual a igual. Él era tan sólo unos
dos centímetros más alto que Olga. La mirada mantenida de
ella logró azorar al cardenal y éste apartó la vista.
—Ya te tengo —pensó ella en silencio.
—Voy a pedir que nos traigan la cena —dijo él
separándose de ella para caminar en dirección a uno de los
teléfonos de la suite.
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